La lavanda nos llegó hace mucho tiempo de Persia. Sabemos que ya se utilizaba en la antigüedad, y que su nombre hace referencia a su uso principal: lavanda de «lavare», que significa lavar, sin duda porque se utilizaba para perfumar los baños.
Pero se sintió tan a gusto cuando llegó a Provenza que se convirtió en el símbolo de la región.
Este arbusto de hoja perenne puede alcanzar una altura de 1,20 m. Sus tallos son simples, tupidos y erguidos, y sus hojas son de color verde ceniza. Florece de junio a septiembre con largas espigas de pequeñas flores azuladas.
Le gustan los suelos calcáreos y las zonas secas y soleadas.
Sus flores secas se utilizan en polvo, tinturas y cápsulas, al igual que su aceite esencial.
La tradición relata las misteriosas virtudes de la lavanda, en particular su capacidad para vincularnos al mundo del sueño y de los sueños, lo que justifica, al menos en parte, la costumbre de perfumar las sábanas con una bolsita de lavanda.
Modo de empleo: 1 cucharada de flores por taza de agua hirviendo, dejar en infusión durante 10 minutos. Tomar una taza durante el día y 1 por la noche al acostarse hasta que mejoren los síntomas.




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